Relato a continuación todo el itinerario de mi primera visita a Londres.
Lo primero es que tuve que madrugar porque mi tren salía de
Southampton a las 7:30 de la mañana, a pesar de que compré un tiquete
con anticipación por internet que me permitía llegar a Londres de la
manera que yo quisiera dentro de la Southern Railway. Elegí un viaje temprano, para aprovechar el día.
Nos
íbamos a encontrar con Arturo en la estación de London Victoria. Él se
venía en bus desde Cardiff. Ambos buscamos las rutas más económicas que
se pudiera, y aún así, no pagamos menos de 30 libras cada uno por ambos
viajes, el de ida y de vuelta.
Llegué a London
Victoria a las 10:20 a.m. y Arturo estaba ahí esperándome. Es difícil de imaginar cómo es vernos y abrazarnos, al principio se siente uno con un
extraño, pero con un extraño con el que ha hablado todos los días, y
hasta un roce de las manos es la sensación más intensa del mundo en esos
momentos, porque uno ha esperado ver al otro por días.
Apenas
salimos comenzamos a caminar. En donde sea siempre tiene uno esa
familiaridad con las grandes ciudades, ruidosas, con personas ocupadas
que caminan rápido, vendedores en las calles y gente que la lucha. Más
similar Londres a Bogotá que Cardiff y Southampton. Pero estaba haciendo
más frío que en Southampton, bastante más. Con razón los ingleses dicen
que el clima de Southampton es tan bueno. No entendemos, no somos
capaces de concebir un frío invernal. Mis manos se dormían del frío,
porque no llevé guantes.
El primer gran
monumento que visitamos fue la Catedral Católica de Westminster. Es
enorme, y con arte y escenas por todas partes. Andar por ella es de por
sí una catequesis, un recorrido por la Biblia, por los santos y hasta
por la historia de Inglaterra. No se podía tomar fotos, lamentablemente,
pero Arturo alcanzó a tomar una, que va adjunta.
Luego
llegamos a la Abadía de Westminster, pero la entrada costaba 20 libras.
Hagan la conversión. Eso es lo que ambos reuníamos para almorzar y para
el metro, así que será otro día, en tiempos más prósperos. Ahí en
frente estaba el Big Ben, en el palacio del Parlamento. Es bajito, uno
se imagina más alta esa torre, pero no lo es.
Paseamos
por un parque plagado de ardillas, con un lago que tenía todo tipo de
aves: patos, gansos, cisnes, gaviotas, cuervos, y unas especies que no
distinguimos. Las ardillas, muy sociables, están ya gorditas, listas
para hibernar. No es difícil que engorden, la gente las alimenta. Una
niña británica les estaba tirando marañones... ¡Hubiera preferido que me
los diera! Cuánto no le habrán costado...
Llegamos
al Palacio de Buckingham. Antes de seguir les cuento que Arturo se
había estudiado el mapa y todo lo que hicimos y visitamos fue plan de
él, muy juicioso. El palacio es hermoso, y en frente hay una fuente con
ángeles y dorado, tremenda, que es realmente un monumentos a la reina
Victoria, "Emperatriz del mundo", ya saben. Yo estaba molida porque ya
llevábamos más de dos horas caminando, así que nos sentamos en la
fuente, pero el frío era tan tremendo que tuvimos que movernos rápido.
Luego
fuimos a la National Gallery, el gran museo. La entrada era gratis. Es
impresionante, esas salas tan elegantes, más de 45. No pudimos verlo
todo porque teníamos que ir a almorzar, pero es hermoso, arte de todos
los periodos. También hay fotos adjuntas.
Almorzamos
en un McDonald's, lo más barato obviamente, pero las hamburguesas de
aquí son chiquiticas, realmente quedamos mal almorzados, y las salsas
aquí no están en una barra, ni los pepinillos. Los McDonald's aquí son
pésimos en comparación con los de Colombia.
Luego
Arturo tenía una sorpresa para mi. Entramos en una especie de centro
cultural a una sala con una exposición de Tintín. Fue genial, pero no
pudimos tomar ni una foto, no estaba permitido. Había una tienda de
recuerdos buenísima, pero todo carísimo. Es una lástima no tener mucho
dinero, pero a la vez me encanta vivir esto así con Arturo: no nos
podemos complacer mutuamente con regalos, ni ir a los lugares más "cool"
para impresionar al otro, sólo nos tenemos a nosotros y a nuestro
ingenio, que en ninguno de los dos es poco.
Buscamos
entonces la dirección en la que se me había dejado un encargo desde Colombia, mi razón principal para ir a Londres. La muchacha compatriota que lo tenía había
escrito 125 Bishopsgate street en un mensaje de texto. Yo tenía mucho
dolor en un pie, y ya había oscurecido porque eran las 5:00 p.m. Dimos
muchas vueltas en la Bishopsgate street porque no encontrábamos el
número, y ninguno de los dos tenía minutos para llamar a Angelina, así
se llama la chica. Ella me envió un mensaje diciendo que en 15 minutos
se iba y no me esperaba más. Pensé que habría sido más útil que
escribiera o llamara para saber si estábamos en problemas, lo cuál era
cierto. Nunca lo hizo, así que preguntamos, en vez de la dirección, el
nombre del banco en el que trabaja, que sí nos lo había dado. Resultó
que era 175 y no 125 el número de la dirección.
Por
fin, después de llamarla desde la recepción, bajó esta súper ejecutiva
costeña, con un vestido negro forrado al cuerpo y el cabello alisado.Recibí el paquete, procurando que no se me notara que reprobé su comportamiento conmigo, y se hizo la entrega lo más breve posible.
Finalmente, rendidos Arturo y yo, nos subimos al metro y fuimos a la estación de London Victoria, donde cada quien cogió por su lado otra vez. El para Cardiff, yo a Southampton.