martes, 15 de marzo de 2016

Sobre mi propia colombianidad

Hace tiempo que quería escribir acerca de cómo ha sido hacer frente al mundo cuando hay una primera identidad visible antes que mi personalidad misma: mi nacionalidad. 

Primero que todo es muy interesante el asunto del fenotipo. En Colombia mi piel era en general clara y mi cabello también, y era una mujer de estatura promedio tirando más hacia alta que baja. Cuando llegué aquí me di me cuenta tras unos días, no sólo de lo morena y "petit" que soy, sino de que nunca entendí cuál era el verdadero cabello rubio, y la verdadera piel blanca, no es lo mismo que verlo en películas. 

Después de un tiempo de ver muchas personas de diversas razas que no son la mía, empecé a percibirme distinto en el espejo. Ahora me encuentro muy bella. Lo primero fue que mi cara se me hizo muy pícara, mis extremidades muy delgadas y me di cuenta de lo caderona que soy. Los Ceballos presumen de parecer árabes, pero la verdad es que después de ver verdaderos árabes, nosotros lo que parecemos es latinoamericanos. Nuestra piel no es tan opaca, es más brillante que la de ellos, y nuestras facciones son más proporcionales.

El hispano es la raza más hermosa, y no es porque yo lo sea. No obstante, los colombianos somos algo especial. Sólo conozco en persona a otro colombiano aquí en Southampton, un chico de Medellín, y no me creía al principio cuanto nos parecemos. Los mexicanos nos lo hicieron notar. Ambos somos trigueños, con cabello castaño claro y nuestras caras están llenas de detalles bonitos, como facciones notables pero proporcionadas, dientes grandes y gran sonrisa, mirada coqueta, cachetes...


Segundo, está el asunto de los rasgos de personalidad que inevitablemente tiene uno como colombiano. Yo me fui de Colombia despreciando al colombiano común que nunca me ha mostrado mucha comprensión y me fui sintiéndome más una "ciudadana del mundo". Sin embargo, al verme fuera de contexto, como una caricatura, me di cuenta de que soy dramática, efusiva, exagerada y tremendamente amigable. Me encontré cantando a grito herido salsas y cumbias en la primera fiesta latina a la que fui, y "azotando baldosa" como si no hubiera un mañana. Celebré el hallazgo de la harina precocida para hacer arepas, y busqué hasta el cansancio lentejas a buen precio. 

La familiaridad con Julián, el otro colombiano, y hasta con los mexicanos y chilenos, es asombrosa, como si jamás hubiésemos salido de nuestros barrios. Fuera de mi país es que he sentido más facilidad para ser extrovertida y espontánea. Cuando cocino, escucho Carlos Vives, La Fania, o una lista llamada Nostalgia con canciones de Juanes y Bacilos. hace mucho no escuchaba abiertamente esta música en Colombia, también porque siendo yo músico de profesión, me volví un poco snob en ese sentido. Pues YA NO MÁS. 

Es como si en Colombia fuera más británica: fría, tímida y pretenciosa, y en Gran Bretaña más colombiana. No tiene sentido... Lo único que sé es que me ha sentado bien estar aquí en cuanto a mi relación con mi país. 

Sentirse diferente y observado, así sea negativamente, se vuelve positivo cuando uno sabe que lo que guarda la apariencia exótica nunca lo experimentarán ellos, nunca tendrán esta pasión, esta seguridad, esta verdadera alegría de ser uno colombiano, que misteriosamente ha aparecido en mi. 



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