He escrito bastante sobre temas de la vida cotidiana, así que voy a aprovechar que ya llevo aquí poco más de 6 meses para escribir sobre la razón por la realmente me vine: para hacer una maestría en Musicología.
Son contadas las personas que saben qué es la musicología. Yo la definí muchas veces como la ciencia de la música, investigar sobre cuestiones como teoría e historia, y no es mentira. Sin embargo, en la primera clase de una materia, el profesor nos definió la musicología como words about music, es decir escribir sobre música. La idea me fascinó, y sentí aún más simpatía por este campo, pues es evidente que a mi me encanta escribir, y qué mejor que aprender a escribir sobre mi profesión.
Empecé a ver la materia mencionada este segundo semestre. En el primer semestre aprendí a hacer análisis musical riguroso, ejercité mi investigación de archivo y aprendí acerca de los campos de la música en los que se puede hacer investigación. Fue verdaderamente interesante, aunque no me fue tan bien como se esperaría, y resultó que en comparación con mis compañeros yo tenía una desventaja enorme en un aspecto: vocación para la investigación.
Puede sonarles extraño eso de que yo no tenga vocación para la investigación, después de que me ha ido muy bien en esta disciplina desde el colegio. Tengo muy buena disposición para sentarme a leer horas y una moderada dotación de curiosidad, entonces ¿Cuál ha sido mi problema? Debo ir atrás para contextualizar.
Elegir la carrera de música, ser cantante, y luego elegir el énfasis de composición, no fue en ningún momento un error. Mis decisiones fueron muy acertadas, aunque no siempre lo vi así. Precisamente no lo veía así después de 6 meses de haber recibido el diploma del pregrado, cuando mi creatividad para componer estaba bloqueada por exceso de amor propio al igual que mi confianza como cantautora: No soportaba no hacer las cosas perfectas en el instante. Sabía que, a falta de trabajo, hacer mis estudios de posgrado era el siguiente paso, pero con la confianza tan baja en mis habilidades vocales y un impedimento psicológico para componer, decidí que lo más fácil era aplicar a Musicología, cuyo requisito era un ensayo. Me he encontrado con que muchas personas del edificio en el que vivo están estudiando lo que estudian porque fue lo que consideraron más fácil. Pensé además que la musicología me iba a obligar a adquirir el conocimiento del que carecía para impulsar mi composición. El resto de la historia ya se conoce: hice todo lo necesario y finalmente emprendí mis estudios.
No obstante hubo ciertas diferencias que sobresalieron cuando comencé a interactuar con mis classmates: La primera es que todos tenían ya experiencia como teóricos, gestores o investigadores musicales, en vez de experiencia como músicos de campo como yo. Segundo, ellos ya sabían con toda certeza cuál iba a ser su tesis de maestría, yo apenas traía una idea sin desarrollar. Tercero, habían elegido la universidad de acuerdo a los expertos que enseñan aquí en la University of Southampton, quienes podían ayudarles a sacar el mejor resultado en sus investigaciones. No había pasado ni un mes cuando yo me di cuenta de que no podía desarrollar el tema que había traído como idea de tesis debido a que no había profesor especializado en mi campo que me pudiese ayudar.
Resumiendo un poco, me tropecé con mi falta de metodología y de conocimiento, con el enfoque eurocentrista, y para Diciembre del año pasado yo estaba al borde del pánico, pensando que debía encontrar la forma de abandonar, de no seguir con esto que sentía no era para mí. Para muchos de mis trabajos leí bastante sobre compositores, sobre todo españoles, y me di cuenta de que rara vez hay prodigios como Mozart, y que la composición y la interpretación son un proceso en el si no se es bueno en un principio, se mejora estudiando y practicando. Entendí lo que debía hacer, y compré un teclado para practicar mi técnica de piano y mi composición, y de paso ahogar mis frustraciones. Para Enero había superado las malas emociones para forzarme a entregar los trabajos, y pasé el semestre.
La primavera comenzó hace poco y con ella mi ánimo cambió radicalmente. Me sentí con fuerza y disposición para terminar lo que empecé, y sin ponerle mucho corazón, me he dispuesto a estudiar y a buscar trabajo, todo como parte de una rutina en la que me sumo y me satisface.
La semana pasada hubo un taller para aprender a escribir Notas al Programa, es decir, programas de conciertos. Siempre me ha encantado esta parte y es una de las razones por las que también elegí la musicología. Sin embargo me sorprendí al darme cuenta de que la crítica musical y escribir programas son oficios que los musicólogos repudian, por el grado de subjetividad que requieren. ¡CLARO! Pensé. Si la persona que leyó mi ensayo de aplicación al crédito de Colfuturo era musicólogo, con toda razón me dio un puntaje tan bajo, pues yo hice énfasis en que quería desempeñarme de estas dos formas. Quienes hacen esto son los periodistas culturales. Qué ironía, yo que había querido hacer la especialización en periodismo cultural antes de comenzar esto...
La musicología es, después de todo, Academia. Es hacer ciencia del arte de la música, completamente objetivo, metodológico, frío, positivista. Y no es secreto para nadie que yo soy una romántica empedernida. Disfruto leer, escribir y aprender, pero hay una naturaleza innegablemente creativa y excéntrica en mí que no me puedo dar el lujo de reprimir. Mi vocación no es de investigadora, mi vocación es de música, seguramente también de escritora de palabras sobre música, pero no científicas. Tenía que hacer este viaje para darme cuenta.
Profesionalmente, es una ganancia tener título de musicóloga, y ejerceré la musicología mientras encuentro la forma de vivir de mi vocación.
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